El propósito de Dios para mí

El propósito de Dios para mí 19 octubre, 20182 Comments

El propósito de Dios para mí

Todo empezó el año 2015, con la muerte de mi mamá. Mi nombre es Marco Antonio Rodríguez Castellanos, soy originario de Sinaloa y esta es mi historia. Yo me encontraba estudiando enfermería en la Universidad de Navojoa, pero decidí dejar la carrera para cuidar a mi madre, a quien diagnosticaron de cáncer y un tiempo después, en el mes de febrero, ella murió. Está de más decir que esto trajo un profundo dolor a mi vida, sin embargo, al ella morir con una esperanza, me sentía también reconfortado y decidí que quería continuar con mis estudios, pero ahora haría un cambio: quería estudiar medicina.
En marzo de ese año, la Universidad Autónoma de Sinaloa lanzó las convocatorias correspondientes para las distintas carreras, entre ellas medicina. Yo empecé a prepararme para el examen y estuve muy al pendiente de la convocatoria, pues sabía que una vez ofertaran los lugares para presentar examen, se agotarían rápido. Yo me puse en oración y el día que publicaron la convocatoria tardé escasos minutos en obtenerla y estaba seguro de que Dios, aunque había permitido que mi mamá muriera, estaba apoyando en mi sueño de estudiar medicina.
Comencé todos los trámites, entregué mi ficha y mis documentos y me dieron la fecha para el examen: era un sábado. En ese momento no podía entender por qué Dios permitía una prueba más, siendo que ya estaba pasando por una muy dura. Empecé a orar mucho y me encontré con otras dos muchachas adventistas, Brenda y Carolina, y empezamos a movernos con los directivos de nuestra iglesia, con el departamental de jóvenes y con el presidente de la asociación. Ellos nos dijeron que harían lo posible por ayudarnos, pero que también nosotros comenzáramos a buscar ayuda y alternativas. Algo que nos dijo el presidente de la asociación y que en lo personal me quedó muy marcado fue: “A veces las historias culminan como queremos, porque Dios lo permite así, pero a veces no; descubran cuál es la suya” y nos repitió un versículo que dice “Yo honro a los que me honran” (1 Samuel 3:20).
Continuamos haciendo movimientos con los directivos de la facultad para que se nos diera la oportunidad de presentar el examen otro día que no fuera sábado, sin embargo ellos no podían hacer algo al respecto. Incluso se nos complicó más por el mal testimonio de otros jóvenes.
Fuimos hasta el Congreso del Estado a buscar al diputado que estaba encargado de educación en ese entonces, la planteamos nuestra situación y él nos aseguró que iba a tomar cartas en el asunto. Sin embargo, cuando llegó la fecha del examen, no se logró nada, y lo perdimos.
Fue un sábado muy duro, porque estando en la iglesia no me concentraba y no dejaba de pensar para mí mismo: “Hubiera faltado solo una mañana, solo a un culto. No me iba a pasar nada y hubiera podido entrar a estudiar la carrera que quiero”.
Cuando salieron las listas de aceptados en la universidad, Brenda, Carolina y yo no habíamos sido aceptados por no habernos presentado al examen, sin embargo al mes la universidad abrió una oportunidad para un grupo de aspirantes, donde todos aquellos jóvenes que no habían quedado en ese primer intento tenían la oportunidad de asistir a clases regulares con todos los demás y se estarían evaluando, para así poder asegurar un lugar en la universidad. Cuando vimos esa oportunidad no lo pensamos dos veces y decidimos tomarla.
Llegó el día en que empezaron las clases, en agosto, y comenzamos a asistir. Sin embargo, ya estando dentro, nos informaron que los exámenes de evaluación serían en sábados y domingos a partir de septiembre. No podíamos creerlo, ¿porqué Dios nos ilusionaba con una nueva oportunidad, y luego nos dejaba caer al suelo? Continuamos orando los tres, y un día, hablando con una de mis tías, me recordó lo que el pastor nos había citado “Yo honro a los que me honran”.
Mis compañeras y yo continuamos asistiendo a clases y estuvimos presentando únicamente los exámenes que aplicaban en domingo. Recuerdo que había una materia que a mí me apasionaba: anatomía, y el profesor al darse cuenta de ello, me daba muchas oportunidades y me asignaba tareas especiales, pero un día se acercó y me dijo: “Tú eres realmente bueno. ¿Cómo estás en los exámenes? Yo tenía temor de hablarle de mi fe, sin embargo tomé valor y le dije que dado todos sus exámenes habían sido en sábado, no había presentado ninguno.
El profesor estalló en ira y comenzó a insultarme y a decirme que si seguía con mis tonterías, no sería nadie en la vida, y que era un desperdicio de estudiante. Llegando a casa no pude hacer más que llorar. Estaba realmente herido por sus palabras, pero, cuando me puse a pensar con más detenimiento, recordé que nada valía más que agradar a Dios.
Pasó el semestre y cuando se presentaron los exámenes finales fueron de lunes a viernes, así que mis compañeras y yo pudimos presentarnos a los de todas las materias, pero, al haber faltado a varios exámenes previos, no fuimos admitidos. Estaba cansado de luchar contra la corriente. Yo realmente esperaba que al último momento Dios obrara tal y como muchos cuentan en sus historias, sin embargo no fue así.
El tiempo pasó y recibí una invitación en febrero de 2016 para colportar en Monterrey y fue así como en agosto y por la gracia de Dios, pude inscribirme a la carrera de medicina en la Universidad de Montemorelos, una alternativa completamente distinta a lo que había planificado, pero muy apegada a lo que Dios deseaba para mí.
Y me gustaría cerrar esta crónica platicando que, aunque para Brenda, Carolina y para mí no se logró un cambio, nuestra lucha dio resultados y actualmente los adventistas pueden presentar su examen en día domingo. Creo firmemente que se cumplió el propósito de Dios tal y como él lo quiso, y aunque no logro entender qué es lo que sigue, agradezco a Dios que hoy puedo estar acá, cursando mi tercer año de la carrera.
Por: Farit Devit

2 comments

  1. Felicidades!!! Hacen falta muchachos fieles como ustedes Marco Antonio. Tu historia es inspiradora, gracias por compartirla

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