¿Abogado Adventista?

¿Abogado Adventista? 18 junio, 2018Leave a comment

¿Abogado Adventista?

Creo fielmente que los abogados debemos ser personas íntegras, buscando siempre la forma de ministrar la justicia en cada situación que se nos presente…”
 Podía notar la confusión en la cara de mis estudiantes al tratar de responder la pregunta que había formulado. “¡Tú siempre preguntas el significado de las cosas!” exclamó uno de ellos con tono de reproche. La verdad tenía razón, me gusta definir las cosas y analizar los conceptos porque considero que las palabras contienen la esencia de lo que representan. Es por eso que iniciaré esta columna refiriendo un par de conceptos que, inmerso en la lectura de “El alma de la toga” de Ángel Ossorio, pude comprender y distinguir.
Usualmente, entendemos como sinónimos las palabras abogado y licenciado en derecho, pero analizando más profundamente sus definiciones, podemos hacer la respectiva distinción entre la primera, que se refiere a aquella persona que, como un ministro de justicia, ejerce permanentemente la abogacía; y la segunda, que se limita a describir a quien ha concluido los estudios académicos de derecho y cuenta con una licencia que le autoriza a actuar profesionalmente.
Es esta notable diferencia la que nos insta a prestar mayor atención a las características particulares de un abogado y un licenciado en derecho, en esta ocasión, es en la figura del abogado en la que nos enfocaremos.
Ossorio lista varias características que todo abogado debe tener, entre las que destacan la fuerza interior, la sensación de la justicia, la moral, la sensibilidad, la independencia, el trabajo, la palabra, la clase, entre otras. En otras palabras, el abogado es una persona íntegra en el amplio sentido de la palabra. Es claro que los abogados no son perfectos y ser sujeto del adjetivo “íntegro” no es cosa fácil, pero creo que dentro de las específicas circunstancias de cada caso en el que el abogado se vea involucrado, siempre existirá la posibilidad de optar por el camino que concuerde con la integridad.
Es justo en esa instancia, donde la moral del abogado juega un papel trascendental; sin duda alguna, el sistema de administración de justicia contemporáneo no está exento de corrupción, y este ha sido un problema cuya existencia se remonta al surgimiento de las instituciones del derecho romano, de donde nuestro derecho proviene. Si no me creen, pregúntenle a Marco Tulio Cicerón en “La columna de Hierro” de Taylor Caldwell, un libro muy recomendable.
¡Qué problema! ¿No lo crees? ¿Cómo desarrollarse en un ambiente corrupto sin incurrir en corrupción? ¿Acaso no dicen que a quien miel menea, miel se le pega?
Suelo considerar y respetar la sabiduría de los refranes, pero creo que esta vez haré una excepción, y sí, aunque no consiga la empatía de algunos de mis estudiantes con esto, voy a dar respuesta a las interrogantes formuladas analizando la definición de una palabra: INTEGRIDAD.
Según la Real Academia de la Lengua Española, integridad se refiere, en una de sus acepciones, al calificativo de una persona que es recta, proba e intachable, cualidades que encajan perfectamente con el perfil del abogado, según Ossorio.
En la comunidad Adventista, se percibe un rechazo generalizado por la profesión jurídica, a tal punto que, personalmente, he sido testigo de comentarios, bromas y juicios que atribuyen una mala fama a la carrera. ¿Será que la carrera de derecho no es apropiada para un adventista del séptimo día?
Creo fielmente que los abogados debemos ser personas íntegras, buscando siempre la forma de ministrar la justicia en cada situación que se nos presente. No es un asunto fácil, puesto que el escenario del ministerio de la justicia es bastante escabroso. Pero ¿qué haremos? ¿Nos alejaremos de él como si fuéramos sujetos ajenos a las cuestiones jurídicas, como si no fuéramos sujetos de derechos? ¡Por supuesto que no! El derecho no tiene cualidad moral en sí mismo; es el resultado de los intereses, criterios y valores de una sociedad y por lo tanto constituye un instrumento que, en buenas manos, aportará al desarrollo moral de la misma, lo cual, en mi opinión es un loable desafío para cualquier persona íntegra. La respuesta queda a su consideración.

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