El propósito de la vida

El propósito de la vida 19 julio, 2018Leave a comment

¿Por qué hay algo, y no más bien nada?:
El propósito de la vida

“…Dios, que nos ha creado para sí y por cuyo poder seguimos existiendo, también ha operado un plan para liberarnos de nuestro exilio”.
“Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”.
Pierre Anthon
 
Jane Teller, en su controvertida novela Nada, cuenta el pasmoso descubrimiento que Pierre Anthon hizo a su breve edad: “No merece la pena hacer nada puesto que nada tiene sentido”. Más allá de los enredos del conocido axioma filosófico heideggeriano, “¿por qué hay algo y no más bien nada?” el cual Feinman desmenuza para argüir que la nada es una contradicción, la nada de Jane Teller, es una declaración descarnada, cáustica, y despiadada, sobre todo en una sociedad occidental que transita inconsciente, hasta que tarde se da cuenta del sinsentido de la vida, y eso, mientras se desploma sobre el barandal de un puente.
   Pero vamos, ¡qué gran valor del jovencito Anthon, no solo predicar la nada si no esforzarse por vivirla! ¿Vivirla? ¿Para qué? No logro reconciliar claramente la idea de Pierre Anthon, y a la vez seguir viviendo. Si nada tiene sentido, ¿para qué seguir viviendo? ¿O es acaso que mi mente está programada para pensar en términos de orden y esquemas, buscando los porqués a casi todas las cosas que me rodean? ¿Pero no es acaso también esa una actitud puramente occidental, vestigios de nuestra herencia helénica?
   De cualquier forma, los amigos de Pierre se esforzaron por hacerle ver su grave error. Formaron una “pira de significado”, cosas, actos, artilugios y demás cachivaches que vamos acumulando en la vida para darle un poco de coherencia. Desde los más inocentes hasta los descabellados y bizarros. Pero para Anthon, nada de eso tenía la más mínima importancia. Su desprecio le costó la vida, el mártir de la nada.
   Y bien, los humanos vamos por la vida acumulándonos de experiencias, vivencias, recuerdos, música, arte, personas, regalos… cosas que le den un poco de importancia a nuestra mísera vida en la tierra; y aunque yo formo parte de la misma horda que camina zombie por las calles sin más conciencia de su existencia que los intestinos en gestas dentro de sí, de vez en cuando, quizá con más frecuencia que “de vez”, miro hacia todos lados, hacia arriba y hacia abajo, a la izquierda y a la derecha, me siento. Siento el aire entrando en mis pulmones y tomo conciencia de mí, de lo que soy, de mi existencia, y la pregunta ineludible aflora ¿por qué estoy aquí?
   No podría hablar por los demás, pero en el plano personal, el propósito último de la vida, aquel gran “por qué…”, nacido de una cosmovisión que “religa” los pedazos, las miríadas de fracturas en que estoy compuesto, esa Razón última que me trasciende y que me confunde a la vez por su extraordinaria manera de presentarse, es el único aplomo con el que todo lo demás cobra orden, sentido y dirección. Pese a las muchas preguntas que desbordan mi cráneo a causa de las múltiples incongruencias, escaramuzas e injusticias del mundo en el que vivo.
   Lo siento, Pierre Anthon, pero yo no podría vivir sobre aquel árbol después de “descubrir la nada”. Debe haber un fin último que haga superar al hombre este momento oscuro de su historia. Algo, o más bien alguien que le da sentido y significado a todas las cosas; ¡Y lo hay! “Por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente [alt. continúan existiendo]” (Col. 1:16-17 NVI).
   Y hay más, porque pese a que el pecado nos ha colocado en una posición desesperanzada e imposibilitada de cualquier escape con nuestras fuerzas, y ha limitado las capacidades con las cuales el hombre fue creado, dando como resultado el caos del cual hoy somos testigos, víctimas y victimarios, Dios, que nos ha creado para sí y por cuyo poder seguimos existiendo, también ha operado un plan para liberarnos de nuestro exilio. “La obra de la redención debía restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado, promover el desarrollo del cuerpo, la mente y el alma, a fin de que se llevara a cabo el propósito divino de su creación. Este es el objetivo de la educación, el gran propósito de la vida” (Ed. 15).
   Puede que, a muchos, y posiblemente también a Anthon, esta reveladora verdad no sea más que una forma cobarde de no enfrentar “lo que es”. De tratar de hallar un por qué donde no existe. Sin embargo, “Dios nunca nos exige que creamos sin darnos suficiente evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Su existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, todas estas cosas están establecidas por abundantes testimonios que apelan a nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha quitado toda posibilidad de dudar. Nuestra fe debe reposar sobre evidencias, no sobre demostraciones. Los que quieran dudar tendrán oportunidad de hacerlo, al paso que los que realmente deseen conocer la verdad encontrarán abundante evidencia sobre la cual basar su fe” (CC, 105).
    De nuevo, las evidencias están ahí “deben ser investigadas cuidadosamente con mente humilde y espíritu susceptible de ser enseñado; y todos deben decidir por el peso de la evidencia. Dios da suficiente evidencia para que el espíritu sincero pueda creer; pero el que se aparta del peso de la evidencia porque hay unas pocas cosas que su entendimiento finito no puede aclarar, será dejado en la atmósfera fría y helada de la incredulidad y de la duda, y perderá su fe” (2JT, 290).
   Entonces, “¿por qué hay algo, y no más bien nada?”

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